Enfermos de solos

Enfermos de solos

¿Estamos o nos sentimos solos? Ser capaz de identificar esa condición, especialmente después de lo que hemos vivido, se vuelve crucial en momentos en que la soledad se perfila como una enfermedad y la cantidad de casos hoy permite hablar de una epidemia.

Muchos teóricos del arte consideran el “Caminante sobre un mar de nubes” (1818), de Caspar David Fiedrich, la cumbre de la pintura Romántica. Tiene todos los elementos: la lógica disminuida ante la magnificencia de la naturaleza, el hombre y sus emociones al centro. Es una de las primeras imágenes que vienen a mi mente cuando pienso en la soledad, así como el huérfano que en el fondo es Batman o el personaje de River Phoenix en “My Own Private Idaho”.

Seguramente eso es porque crecí escuchando a Morrissey y The Smiths y tiendo a romantizar la soledad. Como demuestra una basta porción del arte y la cultura pop, no soy el único que le tiene cierto cariño, como a una guarida para el crecimiento y la reflexión propia. Pero sin duda que hay distintas formas de soledad y en los últimos años ha aumentado tanto el número de personas que la sufren como una enfermedad severa que varios países la están declarando una epidemia.

En 2021 la OMS lanzó un informe advirtiendo la expansión de la soledad, especialmente entre personas de la tercera edad; dentro de ese grupo 1 de cada 3 la sufre en un grado que amenaza su longevidad. Ese informe que llama a ponerla como prioridad en las políticas de salud pública contiene definiciones confiables:

LA SOLEDAD es el dolor que sentimos cuando nuestras conexiones sociales no satisfacen nuestras necesidades.

EL ASILAMIENTO SOCIAL es el estado de tener un número menor de contactos sociales, lo que puede contribuir a la soledad.

Hace poco más de un año Harvard Magazine publicó un reportaje sobre los costos psicológicos y sociales del aislamiento cotidiano. Dentro de ese articulo un académico que dicta un curso sobre la soledad en esa universidad, Jeremy Noble, ofrecía una buena imagen para un problema cuya complejidad radica en su naturaleza de experiencia subjetiva: “Si estás en Marte y tienes el más poderoso de los telescopios, que incluso te permite ver a través de las paredes, puedes encontrar a toda la gente aislada del planeta Tierra. Pero no podrás ver a la gente que se siente sola”.

Lo señala otro experto en el mismo articulo, pero no se necesita un doctorado para poder establecerlo, tan solo tener redes sociales: muchas personas aparentan tener muchas amistades y conexiones, hasta que de pronto sus fachadas y autoengaños colapsan en tiempo real y frente a sus seguidores.

Un reporte de una fundación orientada a los temas de familia en EE.UU. estableció que en 2018 era el 22% de los norteamericanos el que declaraba sentirse siempre o frecuentemente solo. Mientras una encuesta conducida por una aseguradora en 2019 elevaba el porcentaje hasta el 61%. Y no hablamos solo de ancianos.

Los resultados de una extensa encuesta conducida por VICELAND UK en 2016 indicaron que la soledad es el temor numero 1 de la gente joven, muy por sobre perder sus casas o trabajos. Un 42% de las mujeres milenial encuestadas declararon temerle más que al cáncer. Otra encuesta, esta vez de la BBC, mostró que un tercio de los habitantes del Reino Unido se siente solo muy frecuentemente y la mitad de los que habían pasado los 65 años consideraban a la tele o a una mascota su principal compañía. Por supuesto, Japón es una  realidad particular y por distintos reportes y ficciones no es tan difícil creer que allá se haya podido detectar a más de medio millón de personas bajo los 40 años que no había dejado su casa ni interactuado con otros en al menos seis meses. Aun así es dramático.

La pandemia vino a empeorar las cosas. Podríamos decir que todos estuvimos solos en los últimos años. Pero hay quienes simplemente no pueden salir de ahí.

Conozco por experiencia y por conversaciones con amigos la costumbre chilena de usar expresiones como “murió de pena” para explicar a los niños la decisión de un familiar de cometer suicidio. En alguna medida todos sabemos que la soledad es frecuentemente uno de los afluentes que van a ese río. Pero además, en el último tiempo se han determinado con claridad sorprendente las consecuencias de la soledad en la salud. Estudios conducidos por psicólogos y neurocientíficos han concluido que el riesgo de mortalidad a causa de esta condición es el mismo que corre la gente que fuma 15 cigarrillos diarios, o que es alcohólica. ¡Es más elevado que el de la obesidad!

Gracias a una investigación de la UCLA de 2015, hoy sabemos que la soledad es capaz de gatillar cambios a nivel celular que pueden causar inflamaciones crónicas, predisposición a enfermedades cardiacas, derrames, cáncer y Alzheimer.

Tampoco hay que ser psiquiatra ni neurocientífico para encontrar motivos: nuestra adicción a las pantallas y la internet, la falta de empatía que supone el modelo cultural y económico imperante, el deterioro del tejido social. Tú elijes.

Sin intención de entrar en la autoayuda, como un simple mortal que experimentó aislamiento por tiempo prolongado debido a la pandemia, comparto algunas medidas que he adoptado -casi como si se tratara de prevenir el Alzheimer o la diabetes- desde que bajaron las restricciones: Disfruto a mis sobrinos de 6 y 3 años cada vez que puedo. Acordé con un antiguo y querido amigo (distanciado por la rutina y cambios de barrio) comer juntos al menos una vez al mes. Llevamos meses negociando una junta con esos amigos de mi fase Morrissey y The Smiths; sé que en algún momento va a ocurrir. Cambié a presencial las reuniones con la gente que me cae mejor. Me atreví a proponer cafés a un par de personas con las que tenía intercambio fluido en RRSS.

Dicen que pasada cierta edad nuestros gustos musicales y círculos sociales tienden a ‘cristalizarse’, que ya no entran bandas ni amigos nuevos a nuestras vidas. Es decisión de cada cual dar la razón o no a Spotify y a la gente que afirma eso.

Soundtrack sugerido

Dino Lenny & Doorly – The Magic Room

Olive – You’re not Alone